La Beca

Hace tiempo, mucho tiempo que no escribía, ando medio oxidado, espero que sea del agrado

-¡Baja el arma! -me gritó.

 Lo miré. No hice caso. Paf, caliente. Paf de nuevo, caliente. Uno en el hombro, el segundo atravesó en medio de ambas cejas. Al suelo. Olor a pólvora. Seguí.

La universidad nunca me pareció un muy buen lugar para pasar gran parte del día, al contrario, la odiaba. De hecho, no estudiaba sino que era el encargado del aseo. Más que el encargado, era el suche del aseo. Que limpia acá, limpia allá, que la colilla de cigarro, que el grafiti, que ordena el escritorio del decano, en fin, desastre total.

-Yo quiero ser pintor -le dije a mi papá cuando iba en el liceo. La verdad es que siempre tuve facilidad para las artes. Me ponían cualquier cosa y la podía recrear con los pinceles, con acuarela, tempera, lo que fuera. Recuerdo bien que cuando salían las películas de cartelera, le pedía al encargado del cine que me regalara los afiches para poder copiarlos y pintarlos. Luego los vendía entre mis compañeros. Me iba bien, al menos me alcanzaba para comprar materiales.  

-Yo quiero ser pintor papá.

-¿Artista? Lo que me faltaba, un hijo artista, lo siento pero tendrás que estudiar algo que te dé realmente plata.

-Me va bien papá, si en el colegio todos dicen que tengo talento.

-Talento nada. Todo menos pintor- Me dijo.

Y le hice caso, no fui pintor, no hice nada.

Seguí avanzando. El guardia de seguridad no logró reaccionar, el olor a pólvora lo tengo impregnado en la nariz, pica y arde. Los ojos lloran, no de pena, sino que me arden. Del guardia sale humo del hombro y de la cabeza. Lo toco y aún está caliente. Hay sangre, mucha sangre. Falta todavía. Sigo.

La verdad es que llegué a la universidad por coincidencia. En el liceo un profesor que hacía clases allí me dijo que podía encontrar trabajo, que buscaban a alguien para el aseo, que no se requiere mucha cabeza sino que de paciencia para limpiar el desastre que dejan los alumnos. Fui.

Con 18 años es fácil encontrar trabajo, sobre todo cuando te pagan el mínimo. No me preguntaron ni el nombre, sólo que tenía que venir de lunes a sábado, ocho horas diarias, media hora de almuerzo. Partí el mismo día en la facultad de Artes. Si no podía ser pintor al menos podría ver como otros se transforman en uno.

Subo las escaleras, me tiembla la mano. No pares, no pares, no pares, me digo. La cagada ya está hecha. Segundo piso. Está la secretaria, me mira a través de sus lentes. Abre la boca para gritar, no alcanza, la bala atravesó directo el pecho. Paf, caliente de nuevo, sangre ahora en la pared. Qué cagada, no pares, no pares, no pares, no pares. Veo el cartel de la puerta: “Decano”.

Mientras hacía aseo, aprovechaba de asomarme por los ventanales y algo aprendía de anatomía, mezclas de colores, profundidad, perspectiva, puntos de fuga. Los profesores dictaban sus clases y yo invisible observaba con atención. Miraba atento, todo quedaba adentro, en mi cabeza, me sentía como un alumno más, pero no lo era. No lo quiso mi padre, no lo quiso tampoco la universidad. Con el resultado de la prueba de selección, tenía el puntaje para estudiar Artes, pero no tenía la plata. Lástima me dijo el Decano, las becas se acabaron.

Abrí la puerta del Decano, el revólver aún estaba caliente. Sorpresa. El rajudo no estaba. Me siento en su escritorio, me siento poderoso. En la pared se ve el orificio por donde pasó la bala. Miro por la ventana de su escritorio y veo a los estudiantes salir corriendo de la universidad. Escucho murmullo. Me paro. Vienen del baño interior que tiene la oficina. Abro la puerta. Allí esta. Cagó.

-Ahora dime si no quedan becas poh conchetumadre.

- Y tu quien eres por favor, no me hagas daño – me suplicaba llorando.

-Cómo que quien soy, ¿qué quién soy? Soy el que te limpia tu mierda todos los días. Pero venía a pedirte una beca para estudiar arte.

- Pero eso lo podemos arreglar, cómo no me dijiste antes- me respondió, con su cara desfigurada. Yo sabía que estaba mintiendo, él sabía que estaba mintiendo. Se le notaba en la cara. Estaba haciendo tiempo. Había llamado a los pacos.

-Mira conchadetumadre. Párate y pesca el teléfono, anota este número y vas a hablar con Ramiro, sí con Ramiro, mi papá. Dile que me gané una beca para estudiar artes. Dile que soy el mejor. Sí, dile eso.

Se levantó, caminó temblando hacia su escritorio, no podía marcar de lo nervioso que estaba. Marcó.

Ocupado.

Me miró suplicando que no lo matara. Llamó de nuevo. Contestaron del otro lado.

-Don Ramiro, sabe…su hijo, sí su hijo….se ganó una beca. Sí, en la universidad…para estudiar Artes…Cómo, sí yo le digo. Sé que él entenderá…

Miro al decano, a esta altura no importa su nombre. Cuelga el teléfono. Me mira aliviado. Sonríe. Respira, se recupera de los nervios, del pánico de saber que la muerte está frente a ti.

-Tú papá me dijo…

-No me importa conchatumadre- Paf, no le doy. Paf de nuevo. El ojo se sale de su lugar, sangre. Paf de nuevo, sale más sangre, me llega a la cara. Aún respira, sale humo de los agujeros, hay sangre, mucha sangre. La cagué, la cagué. La recagué.

Se escucha que suben por las escaleras, son los pacos. Ahora me tiré, cagué. Media obra de arte que hice, la hice. Mi obra maestra. Qué le habrá dicho mi papá. No importa. Cagué, cagué, cagué. Ya está hecho. Vienen subiendo. Cierro los ojos, aprieto los dientes. Terminó la clase

En ese mundo interno no podía distinguir que su imagen en el espejo no era otra persona, sino el mismo. En el mundo externo, los que estaban en el café, al otro lado del vidrio, no entendían todas las caras que colocaba.


Los padres de Gastón llevaban horas buscándolo. Pero para este joven todo era un juego.


En el mundo interno sólo hay fantasmas, personas que no existen y que pasean en un mundo imaginario. Tan real, tan familiar para Gastón, pero tan ficticio como el cigarillo que prendió en el vacío y que los del café nunca entendieron qué hacía parado al otro lado del mostrador…

Hay un viaje que tengo que hacer, para sentir que has terminado tu viaje

Chau

Dos personas que se despiden y no coordinan el acto. Una levanta la mano y la otra de espalda. Luego, ella hace lo mismo. Segundos después ambos caminan en direcciones opuestas. Ella sonríe, él también.

merarilugo said: Por favor, continúa escribiendo... Al menos yo, disfruto mucho leerte.

Lo seguiré haciendo, voy a tratar, al menos.

4 AM

Después de severos 3 años de sequía creativa, hoy logré escribir un cuento completo y terminarlo.

No recuerdo bien en qué momento comencé a despertarme en la madrugada. A las cuatro, como si mi cuerpo tuviera un reloj interno que ha fijado su despertador a esa hora. No es muy agradable, para nada, pero ya me he ido acostumbrando al ritmo. Tampoco es completamente de noche en verano, ni completamente tarde en invierno. Es un punto medio que he tenido que aceptar durante un buen tiempo. Al principio despertaba asustado, después podía seguir durmiendo. Ahora me levanto y me paseo por el departamento, salgo al balcón y me fumo un cigarrillo. Mala rutina me dijo alguna vez un doctor, buena terapia pienso, si ese lapsus sirve un poco para pensar.

Desde mi terraza se pueden ver a los curados tambaleándose entre reja y reja o a los enamorados refugiándose de la noche con un beso que abrigue del frío.  Los martes y jueves, sagrados pasan los de la basura, ellos ya me conocen, me levantan la mano en medio de la oscuridad y me saludan con un gesto rápido y apurado. Yo les respondo. Qué pensarán, me pregunto, debo ser un freak para ellos, una especie de sonámbulo. ¿Me habrán puesto algún apodo? A esta altura no me extrañaría. Menos de mi, si lo único que se puede divisar es una sombra desde el lugar donde ellos me ven. Y es que lo he hecho. Hay noches en que salgo de mi departamento y llego hasta donde están los tarros de la basura y miro hacia mi balcón. Trato de imaginarme allí, pero no me veo. No me reflejo.

No me gustan las casas.

Algunos amigos me han dicho que podría aprovechar el tiempo y me ponga a trotar a esa hora. No me gusta trotar y menos sentir el sacrificio propio por correr hacía ningún lado. Uno corre porque arranca o trata de escapar, pero no para matar la noche.

Desde mi balcón se ven cuatro piezas del edificio de al frente, hay veces en que algunas luces están prendidas a esa hora, otras en que sólo a través de las cortinas se pueden ver los cambios de color que producen las imágenes del televisor. Cuando están prendidas pienso en que no soy el único que está despierto. Podrían estar haciendo el amor, tal vez, agotando la pasión con la vista, con el escenario claro para que no surjan sospechas. Me agrada, hacerlo a oscuras es esconder algo, tratar de que la carne no evidencie encuentros anteriores, ni amantes pasados.

El balcón me ha servido también para imaginar, a veces cierro los ojos, y el ruido de los autos los trato de asimilar como si fueran olas y ese frío intenso que tiene Santiago cuando no ha llovido en días, me lleva un poco al mar. Me relaja y ayuda a dormir. A veces, hasta puedo sentir el olor al vino entibiándose con el calor de mis manos en la copa. Incluso puedo recordarla a ella, mirándome frente a una fogata bien encendida en la arena. Con esa mirada cómplice que siempre la caracterizó. A través del fuego la veo. Sus ojos brillan, su risa también. Pero luego vuelvo y me quemo. El cigarro se apaga entre medio de mis dedos. Santiago again – pienso- el insomnio otra vez.

No me gusta el silencio.

Tal vez tenía 15 años, incluso puede haber sido menos. Yo aún dormía cuando sentí que una ventana se abrió en la casa de mis papás. Me levanté y desde mi pieza miré hacia la terraza, no vi nada. Sentí ruidos en el living, me quedé en silencio. Ya podía distinguir mejor los sonidos, sólo una persona, dos pasos apurados y en puntillas. Unos jarrones de mi mamá se quebraron. El corazón se me aceleró y  comenzó a faltarme el aire. La adrenalina comenzaba a subir, o algo así tenía entendido que pasaban en estos casos. Yo lo único que pensaba era en no paralizarme, que el miedo no me pegara los pies al suelo. Salí de mi  pieza, caminé por el pasillo y no había nadie. Llegué hasta el living y encendí la luz, estaban los trozos del jarrón desparramados en el piso. Miré la repisa y faltaba el mini componente, en la pared no estaban los cuadros. Volví a apagar la luz.

Gatié hasta mi pieza nuevamente, no encontraba el teléfono para llamar a Carabineros. Mis manos temblaban y me empezaba a dar frío. No te paralices, no te paralices, me decía a mí mismo. Desde la pieza de mis papás comencé a sentir que movían cosas, los cajones caían al suelo, luego el ropero se habría y sentía como la ropa la sacaban de cuajo desde los colgadores. No te paralices, no te paralices, me repetía.

Me escondí bajo la cama, pero pensé que podría ser muy evidente y con la respiración acelerada sería fácil encontrarme. Los pasos siguieron avanzando hasta otros cajones, creo que ahí mis papás guardaban la plata, en el que estaba bajo el televisor, pero ellos estaban de vacaciones. No iba a encontrar nada.

El enchufe se quebró, había tirado el cable del televisor con fuerza. No se lo va a poder llevar pensé, era muy pesado. Sentí un gemido y una fuerte quebrazón. Definitivamente no había podido contra el peso. No te paralices, no te paralices, me repetía a mí mismo. Los pasos siguieron y se acercaban a mi pieza. Yo me acosté y traté de hacerme el dormido. Desde el marco de la puerta divisé una sombra, borrosa, pero logré identificarlo. Se quedó en silencio y se pudo escuchar sólo la respiración de ambos. Me paralicé del miedo, mi mantra había fallado, mis pies eran dos rocas pegadas a la cama. Él se mantuvo ahí por un rato, para mi fueron horas. Me miró tratando de asegurarse que todavía dormía. Su cara era de rasgos marcados, una mandíbula pronunciada y una nariz aguileña, se notaba que había más de una historia detrás de esa piel endurecida por el destino. Desde su mano se dejaba  ver  un cuchillo.

 Traté de controlar la respiración y después de unos segundos lo logré. Él continuaba mirándome. Yo aún sin poder moverme. Se acercó aún más, puso sus dedos en mis narices para asegurarse que respiraba como lo hace la gente que duerme. Se quedó quieto. El cuchillo, me va a apuñalar, pensé. Sacó su mano de mi cara, se alejó y salió por el marco de la puerta. Los pasos se alejaron lentamente, escuché como se molían aún más las piezas del jarrón de mi mamá que estaba quebrado en el living. Luego vino el silencio. Y yo pensé que esa madrugada no iba a morir

1 note

Paseo en Camilla

2007

En una larga bandeja, metálica y helada, yacía Sofía. Ni la sutil lágrima que recorría su mejilla logró hacer que el médico forense evitara prender la cierra eléctrica. El agudo sonido recorría cada rincón de la sala, rebotaba por las blancas baldosas y hacía mover la sangre de otros muertos en el piso.

Nicolás González usaba la mascarilla de costumbre, cerca suyo tenía un cenicero con varios cigarrillos a medio terminar, a nadie le molestaba el humo, el único que respiraba en aquel salón de la morgue era él. Caminó unos pasos y observó el cadáver, miró largo rato sus ojos perdidos, sin reflejos. González estaba acostumbrado a no ver nada a través de los ojos de sus pacientes, la muerte se llevaba hasta las imágenes que se reflejan cuando uno mira detenidamente en ellos. Pero con Sofía era distinto.

Acercó la cierra hasta el punto de tenerla entre las cejas de la mujer, cuando de la nada los dedos del muerto comenzaron a moverse. Luego vinieron los ojos que pestañearon y finalmente fue un respiro desesperado por recuperar el alma que vagaba por el pabellón.
González soltó la máquina y salió corriendo por la puerta giratoria que daba a un largo pasillo en el hospital, lo único que las enfermeras pudieron escuchar fue fueron los gritos del doctor.

Sofía aquel día no tenía nada que perder, había un buen sol y todo un mundo por recorrer, observó como los jardineros regaban el pasto y como los niños jugaba a la pelota en el parque. Se sentó en una banca y contempló todo como si fuera la última vez, se cuestionó quizás más cosas de las que se habría preguntado en un día común. Tenía la impresión de que ese día sería distinto al resto.
Sentía un pequeño dolor de cabeza, punzante a ratos, pero nada fuera de lo común. Decidió caminar, para oxigenar el cuerpo, pero entre una y otra respiración se comenzó a sentir liviana y frágil. De pronto, todo se fue a negro.

Despertó mirando el cielo, pero por más que quería moverse no podía, solo veía nubes y una que otra persona que la miraba. La tomaron y la subieron a una camilla, el paramédico del Samu, mientras la tapaba, le comentó al chofer de la ambulancia “Desconozco la causa, sólo pondré en el diagnostico muerte natural”.

Viaje Espacial

No perdía nada intentándolo de nuevo, tomó su casco, su capa y entró al orificio que lo llevaría a la luna por un rato.

Suspendido en el aire y con los ojos bien cerrados, recordó las palabras de su papá.
El viento en la cara lo hizo volver al día en que sacó los tres mil pesos bajo el colchón y el bolso que llevaba mucho tiempo arreglado. El día en que Ricardo decidió irse de la casa.

Sentía la gravedad en su cuerpo, la red de contención se hacía más grande. Iba a caer.

El Mapocho esconde más cosas de las que parece, ahí habitan los NN y Ricardo era uno más. Pero él quería aplausos. Y los tuvo.
Se levantó de la red y abrió los ojos.

Silencio.

-Ya Richi, ese estuvo bueno, vamos otra vez.

Bajó de la red y tocó la cicatriz que cruzaba toda su espalda y en un circo vacío, una lágrima se camufló en el maquillaje del hombre bala.

Creo

Creo que dentro del ruido de la ciudad hay una orquesta escondida. Creo que gracias a Dios soy agnóstico, creo en el Corto Maltés y su capacidad para hacerme soñar como niño. Creo que vi en un invierno a un hombre con chalas, creo o lo imaginé. Creo en las bandas sonoras de la vida, creo en las revoluciones internas. Creo en la pereza como motor de grandes ideas. Creo en las canciones de Bob Dylan y los clichés de los Beatles. Creo en la voz que me sopla al oído y me ayuda a escribir. Creo en el periodismo como una forma de cambiar el mundo. Creo en la bondad y en la maldad social. Creo que las instituciones corrompen a la gente. Creo en los fantasmas y en los sueños como una herramienta para ver el futuro. Creo en la dualidad humana. Creo en las revoluciones y en los vuelos internos.  

Podria

Podría hablarte de la luna pero prefiero que la mires. Podría hablarte del amor pero prefiero que lo sientas. Hablarte de la verdad pero prefiero que la busques, podría hablarte de la libertad pero prefiero que la goces. Hablarte de la paz. Podría hablarte del odio pero prefiero que lo ignores. Podría hablarte de la amistad pero prefiero ofrecértela. Podría hablarte de la vida pero prefiero que la vivas.