En ese mundo interno no podía distinguir que su imagen en el espejo no era otra persona, sino el mismo. En el mundo externo, los que estaban en el café, al otro lado del vidrio, no entendían todas las caras que colocaba.


Los padres de Gastón llevaban horas buscándolo. Pero para este joven todo era un juego.


En el mundo interno sólo hay fantasmas, personas que no existen y que pasean en un mundo imaginario. Tan real, tan familiar para Gastón, pero tan ficticio como el cigarillo que prendió en el vacío y que los del café nunca entendieron qué hacía parado al otro lado del mostrador…

Hay un viaje que tengo que hacer, para sentir que has terminado tu viaje

Chau

Dos personas que se despiden y no coordinan el acto. Una levanta la mano y la otra de espalda. Luego, ella hace lo mismo. Segundos después ambos caminan en direcciones opuestas. Ella sonríe, él también.

merarilugo asked: Por favor, continúa escribiendo... Al menos yo, disfruto mucho leerte.

Lo seguiré haciendo, voy a tratar, al menos.

4 AM

Después de severos 3 años de sequía creativa, hoy logré escribir un cuento completo y terminarlo.

No recuerdo bien en qué momento comencé a despertarme en la madrugada. A las cuatro, como si mi cuerpo tuviera un reloj interno que ha fijado su despertador a esa hora. No es muy agradable, para nada, pero ya me he ido acostumbrando al ritmo. Tampoco es completamente de noche en verano, ni completamente tarde en invierno. Es un punto medio que he tenido que aceptar durante un buen tiempo. Al principio despertaba asustado, después podía seguir durmiendo. Ahora me levanto y me paseo por el departamento, salgo al balcón y me fumo un cigarrillo. Mala rutina me dijo alguna vez un doctor, buena terapia pienso, si ese lapsus sirve un poco para pensar.

Desde mi terraza se pueden ver a los curados tambaleándose entre reja y reja o a los enamorados refugiándose de la noche con un beso que abrigue del frío.  Los martes y jueves, sagrados pasan los de la basura, ellos ya me conocen, me levantan la mano en medio de la oscuridad y me saludan con un gesto rápido y apurado. Yo les respondo. Qué pensarán, me pregunto, debo ser un freak para ellos, una especie de sonámbulo. ¿Me habrán puesto algún apodo? A esta altura no me extrañaría. Menos de mi, si lo único que se puede divisar es una sombra desde el lugar donde ellos me ven. Y es que lo he hecho. Hay noches en que salgo de mi departamento y llego hasta donde están los tarros de la basura y miro hacia mi balcón. Trato de imaginarme allí, pero no me veo. No me reflejo.

No me gustan las casas.

Algunos amigos me han dicho que podría aprovechar el tiempo y me ponga a trotar a esa hora. No me gusta trotar y menos sentir el sacrificio propio por correr hacía ningún lado. Uno corre porque arranca o trata de escapar, pero no para matar la noche.

Desde mi balcón se ven cuatro piezas del edificio de al frente, hay veces en que algunas luces están prendidas a esa hora, otras en que sólo a través de las cortinas se pueden ver los cambios de color que producen las imágenes del televisor. Cuando están prendidas pienso en que no soy el único que está despierto. Podrían estar haciendo el amor, tal vez, agotando la pasión con la vista, con el escenario claro para que no surjan sospechas. Me agrada, hacerlo a oscuras es esconder algo, tratar de que la carne no evidencie encuentros anteriores, ni amantes pasados.

El balcón me ha servido también para imaginar, a veces cierro los ojos, y el ruido de los autos los trato de asimilar como si fueran olas y ese frío intenso que tiene Santiago cuando no ha llovido en días, me lleva un poco al mar. Me relaja y ayuda a dormir. A veces, hasta puedo sentir el olor al vino entibiándose con el calor de mis manos en la copa. Incluso puedo recordarla a ella, mirándome frente a una fogata bien encendida en la arena. Con esa mirada cómplice que siempre la caracterizó. A través del fuego la veo. Sus ojos brillan, su risa también. Pero luego vuelvo y me quemo. El cigarro se apaga entre medio de mis dedos. Santiago again – pienso- el insomnio otra vez.

No me gusta el silencio.

Tal vez tenía 15 años, incluso puede haber sido menos. Yo aún dormía cuando sentí que una ventana se abrió en la casa de mis papás. Me levanté y desde mi pieza miré hacia la terraza, no vi nada. Sentí ruidos en el living, me quedé en silencio. Ya podía distinguir mejor los sonidos, sólo una persona, dos pasos apurados y en puntillas. Unos jarrones de mi mamá se quebraron. El corazón se me aceleró y  comenzó a faltarme el aire. La adrenalina comenzaba a subir, o algo así tenía entendido que pasaban en estos casos. Yo lo único que pensaba era en no paralizarme, que el miedo no me pegara los pies al suelo. Salí de mi  pieza, caminé por el pasillo y no había nadie. Llegué hasta el living y encendí la luz, estaban los trozos del jarrón desparramados en el piso. Miré la repisa y faltaba el mini componente, en la pared no estaban los cuadros. Volví a apagar la luz.

Gatié hasta mi pieza nuevamente, no encontraba el teléfono para llamar a Carabineros. Mis manos temblaban y me empezaba a dar frío. No te paralices, no te paralices, me decía a mí mismo. Desde la pieza de mis papás comencé a sentir que movían cosas, los cajones caían al suelo, luego el ropero se habría y sentía como la ropa la sacaban de cuajo desde los colgadores. No te paralices, no te paralices, me repetía.

Me escondí bajo la cama, pero pensé que podría ser muy evidente y con la respiración acelerada sería fácil encontrarme. Los pasos siguieron avanzando hasta otros cajones, creo que ahí mis papás guardaban la plata, en el que estaba bajo el televisor, pero ellos estaban de vacaciones. No iba a encontrar nada.

El enchufe se quebró, había tirado el cable del televisor con fuerza. No se lo va a poder llevar pensé, era muy pesado. Sentí un gemido y una fuerte quebrazón. Definitivamente no había podido contra el peso. No te paralices, no te paralices, me repetía a mí mismo. Los pasos siguieron y se acercaban a mi pieza. Yo me acosté y traté de hacerme el dormido. Desde el marco de la puerta divisé una sombra, borrosa, pero logré identificarlo. Se quedó en silencio y se pudo escuchar sólo la respiración de ambos. Me paralicé del miedo, mi mantra había fallado, mis pies eran dos rocas pegadas a la cama. Él se mantuvo ahí por un rato, para mi fueron horas. Me miró tratando de asegurarse que todavía dormía. Su cara era de rasgos marcados, una mandíbula pronunciada y una nariz aguileña, se notaba que había más de una historia detrás de esa piel endurecida por el destino. Desde su mano se dejaba  ver  un cuchillo.

 Traté de controlar la respiración y después de unos segundos lo logré. Él continuaba mirándome. Yo aún sin poder moverme. Se acercó aún más, puso sus dedos en mis narices para asegurarse que respiraba como lo hace la gente que duerme. Se quedó quieto. El cuchillo, me va a apuñalar, pensé. Sacó su mano de mi cara, se alejó y salió por el marco de la puerta. Los pasos se alejaron lentamente, escuché como se molían aún más las piezas del jarrón de mi mamá que estaba quebrado en el living. Luego vino el silencio. Y yo pensé que esa madrugada no iba a morir

1 note

Paseo en Camilla

2007

En una larga bandeja, metálica y helada, yacía Sofía. Ni la sutil lágrima que recorría su mejilla logró hacer que el médico forense evitara prender la cierra eléctrica. El agudo sonido recorría cada rincón de la sala, rebotaba por las blancas baldosas y hacía mover la sangre de otros muertos en el piso.

Nicolás González usaba la mascarilla de costumbre, cerca suyo tenía un cenicero con varios cigarrillos a medio terminar, a nadie le molestaba el humo, el único que respiraba en aquel salón de la morgue era él. Caminó unos pasos y observó el cadáver, miró largo rato sus ojos perdidos, sin reflejos. González estaba acostumbrado a no ver nada a través de los ojos de sus pacientes, la muerte se llevaba hasta las imágenes que se reflejan cuando uno mira detenidamente en ellos. Pero con Sofía era distinto.

Acercó la cierra hasta el punto de tenerla entre las cejas de la mujer, cuando de la nada los dedos del muerto comenzaron a moverse. Luego vinieron los ojos que pestañearon y finalmente fue un respiro desesperado por recuperar el alma que vagaba por el pabellón.
González soltó la máquina y salió corriendo por la puerta giratoria que daba a un largo pasillo en el hospital, lo único que las enfermeras pudieron escuchar fue fueron los gritos del doctor.

Sofía aquel día no tenía nada que perder, había un buen sol y todo un mundo por recorrer, observó como los jardineros regaban el pasto y como los niños jugaba a la pelota en el parque. Se sentó en una banca y contempló todo como si fuera la última vez, se cuestionó quizás más cosas de las que se habría preguntado en un día común. Tenía la impresión de que ese día sería distinto al resto.
Sentía un pequeño dolor de cabeza, punzante a ratos, pero nada fuera de lo común. Decidió caminar, para oxigenar el cuerpo, pero entre una y otra respiración se comenzó a sentir liviana y frágil. De pronto, todo se fue a negro.

Despertó mirando el cielo, pero por más que quería moverse no podía, solo veía nubes y una que otra persona que la miraba. La tomaron y la subieron a una camilla, el paramédico del Samu, mientras la tapaba, le comentó al chofer de la ambulancia “Desconozco la causa, sólo pondré en el diagnostico muerte natural”.

Viaje Espacial

No perdía nada intentándolo de nuevo, tomó su casco, su capa y entró al orificio que lo llevaría a la luna por un rato.

Suspendido en el aire y con los ojos bien cerrados, recordó las palabras de su papá.
El viento en la cara lo hizo volver al día en que sacó los tres mil pesos bajo el colchón y el bolso que llevaba mucho tiempo arreglado. El día en que Ricardo decidió irse de la casa.

Sentía la gravedad en su cuerpo, la red de contención se hacía más grande. Iba a caer.

El Mapocho esconde más cosas de las que parece, ahí habitan los NN y Ricardo era uno más. Pero él quería aplausos. Y los tuvo.
Se levantó de la red y abrió los ojos.

Silencio.

-Ya Richi, ese estuvo bueno, vamos otra vez.

Bajó de la red y tocó la cicatriz que cruzaba toda su espalda y en un circo vacío, una lágrima se camufló en el maquillaje del hombre bala.

Creo

Creo que dentro del ruido de la ciudad hay una orquesta escondida. Creo que gracias a Dios soy agnóstico, creo en el Corto Maltés y su capacidad para hacerme soñar como niño. Creo que vi en un invierno a un hombre con chalas, creo o lo imaginé. Creo en las bandas sonoras de la vida, creo en las revoluciones internas. Creo en la pereza como motor de grandes ideas. Creo en las canciones de Bob Dylan y los clichés de los Beatles. Creo en la voz que me sopla al oído y me ayuda a escribir. Creo en el periodismo como una forma de cambiar el mundo. Creo en la bondad y en la maldad social. Creo que las instituciones corrompen a la gente. Creo en los fantasmas y en los sueños como una herramienta para ver el futuro. Creo en la dualidad humana. Creo en las revoluciones y en los vuelos internos.  

Podria

Podría hablarte de la luna pero prefiero que la mires. Podría hablarte del amor pero prefiero que lo sientas. Hablarte de la verdad pero prefiero que la busques, podría hablarte de la libertad pero prefiero que la goces. Hablarte de la paz. Podría hablarte del odio pero prefiero que lo ignores. Podría hablarte de la amistad pero prefiero ofrecértela. Podría hablarte de la vida pero prefiero que la vivas.

Prudencia en la velocidad

A 180 kilómetros por hora, el manubrio tirita, la visión toma un efecto túnel y mirar a los costados es como ver pasar una mala película con el celuloide gastado. Ir a 180 kilómetros por hora es querer desaparecer. O así lo entendió Guillermo cuando salió de su trabajo. Cansado del número que no cuadró en la oficina. La prensa dijo que estaba bajo los efectos del alcohol. Carabineros no pudo determinar bien la causa del accidente. A 180 kilómetros por hora, el manubrio tirita y nada puede permanecer en su lugar, ni el árbol con que chocó, ni la casa con el que paró el impacto, ni los transeúntes que dejó en el camino. Por suerte yo sólo vi un pedazo de patente unas cuadras más lejos del incidente.